La migración en la infancia y adolescencia es un viaje entre mundos. No solo cambia lo que se ve —la escuela, el idioma, los amigos— sino también lo que se siente. Cada niño y cada joven vive el proceso a su manera, y acompañarlos requiere sensibilidad, paciencia y herramientas.
Nombrar para comprender
Muchos niños migrantes experimentan emociones complejas que aún no tienen palabras: extrañar sin entender, frustrarse al no comunicarse, sentirse diferentes o descolocados. Poner nombre a esas emociones les ayuda a recuperar control y seguridad.
Cuentos terapéuticos como Rodrigo se fue a otro lugar abren un espacio amable para conversar sobre lo que significa cambiar de país.
Entre dos identidades
Los adolescentes, especialmente, pueden vivir la migración como un desafío a su identidad. ¿De dónde soy ahora? ¿Encajo? ¿Dejo de ser quien era?
Acompañarlos implica validar sus preguntas sin apresurar las respuestas. Su identidad se está expandiendo, no perdiendo.
El papel del entorno
Docentes, terapeutas y cuidadores son piezas clave. Cuando cuentan con formación en procesos migratorios, pueden ofrecer un acompañamiento más respetuoso y reparador. Un profesional sensibilizado hace una enorme diferencia en cómo se vive la adaptación.
Migrar puede ser duro, pero también puede ser un puente hacia una identidad más fuerte y flexible.
