Para un niño o una niña, migrar no siempre tiene palabras claras. A veces se siente como “extrañar mucho”, otras como “tener un nudo en la panza”, o simplemente como la sensación de que todo lo conocido cambió de un día para otro. Aunque para los adultos la decisión migratoria suele estar llena de razones, para los pequeños está llena de emociones.
Los niños sí perciben los cambios, aunque no los nombren
Es habitual que madres y padres piensen: “Es muy pequeño, todavía no entiende”.
Pero incluso en edades tempranas, los niños captan el clima emocional familiar, las nuevas dinámicas, las ausencias y las tensiones del proceso migratorio.
Lo importante no es evitar que sientan, sino acompañarlos a entender lo que sienten.
Rituales que sostienen: crear seguridad en medio de lo nuevo
Los rituales cotidianos tienen un enorme poder regulador. Mantener hábitos como leer un cuento antes de dormir, cocinar una receta familiar o escuchar la misma canción favorita ayuda a que los niños conecten con una sensación de continuidad.
Estos pequeños anclajes emocionan, contienen y recuerdan que lo esencial del hogar viaja con ellos.
La importancia de abrir espacios de juego y expresión
El juego es el lenguaje natural de la infancia. A través de él, los niños elaboran miedos, dudas, alegrías, pérdidas y deseos. Incorporar cuentos, dibujos o actividades expresivas —como las propuestas al final del libro Rodrigo se fue a otro lugar— ofrece una vía segura para que puedan comunicar lo que todavía no pueden decir con palabras.
Jugar es sanar. Jugar es comprender el cambio.
Acompañar también es dejarse acompañar
La migración impacta a toda la familia. Cuando las personas adultas reciben apoyo psicológico, pueden estar más disponibles emocionalmente para los pequeños. No es un signo de debilidad pedir ayuda; es un acto de cuidado y responsabilidad.
Acompañar la infancia migrante es un proceso compartido, lleno de escucha, paciencia y amor. Y nadie tiene que hacerlo solo.
